En el convoy, Alonzo sacó su arma, revisándola por enésima vez. El rostro de Aurora invadía su mente como una condena y una promesa. Su corazón latía al ritmo de la furia y el miedo. No podía permitirse fallar.
—Prepárense para lo peor —dijo en voz alta—. Ellos no van a tener piedad. Pero nosotros tampoco.
Los hombres respondieron con un seco y rotundo “sí”. El ambiente dentro de los vehículos era denso, cargado de adrenalina, como el preludio de una batalla inevitable.
Entonces, el celular vol