La biblioteca seguía envuelta en un silencio tenso. Las cortinas estaban parcialmente rasgadas por la explosión, dejando que los primeros rayos del amanecer filtraran una luz débil y pálida sobre los libros desordenados y el suelo cubierto de polvo.
En medio del caos, Aurora seguía allí, sentada en uno de los sillones de cuero, con la mirada fija en un punto invisible del suelo.
Su cuerpo temblaba, no de frío, sino de incertidumbre.
Había perdido la noción del tiempo desde que Alonzo salió con