La noche había caído sobre Bolonia como una mancha de tinta derramada, devorando los últimos rastros de luz. Las ruedas del auto crujieron sobre la gravilla húmeda del camino cuando se detuvieron frente a la vieja mansión de Dante, la era fachada imponente, coronada por torres góticas y ventanas como ojos vacíos, parecía observar con juicio a quienes se atrevían a cruzar sus portones.
Dante salió primero. Su abrigo largo ondeó con el viento frío, como una sombra alargada. Alonzo lo siguió en si