La habitación estaba en penumbra, iluminada tenuemente por la luz que se filtraba entre las cortinas.
El cuerpo desnudo de Aurora yacía sobre el pecho de Dante, su respiración tranquila, serena, como si por fin hubiera encontrado un rincón seguro donde descansar.
Dante la miraba en silencio, embelesado por la quietud de ese instante, por la calidez de su piel contra la suya. Sus dedos se deslizaron con suavidad por sus mejillas, acariciándola con ternura, como si no quisiera romper el hechizo