El segundo hierro cayó con precisión sobre el abdomen de Ulises, generando un nuevo grito que hizo eco por los muros de piedra. Su cuerpo entero se arqueó en la silla, atado, atrapado en ese dolor abrasador. La piel se quemó de inmediato, dejando una marca negra que hervía como lava viva.
Dante no desvió la mirada. Observaba cada reacción, cada lágrima, cada espasmo con la intensidad de un artista obsesionado con su obra. Su respiración era lenta, controlada, pero sus ojos estaban cargados de