La mansión ardía en un silencio fúnebre cuando Alonzo cruzó las puertas nuevamente. El olor a ceniza, pólvora y sangre flotaba en el aire como un fantasma reciente. Las paredes habían resistido, pero el alma de aquel lugar estaba herida. Y él también.
Subió las escaleras de dos en dos hasta llegar a la biblioteca, el único lugar que Dante consideró seguro para ella. Empujó la puerta lentamente y la vio allí, tendida sobre un sofá, envuelta en una manta, aún inconsciente, con el rostro pálido y