La maleza crujía bajo sus botas mientras Alonzo avanzaba por el bosque, con la respiración agitada y la mirada afilada.
Aún sentía el zumbido de la explosión retumbando en su cráneo, pero eso no lo detendría. No mientras Dante estuviera desaparecido… o peor.
Se detuvo de golpe al ver las marcas en el barro húmedo: neumáticos, ramas partidas, y pequeñas manchas de sangre. Se agachó, tocó el rastro con la yema de los dedos. Todavía tibio.
—Mierda… —murmuró, con el ceño fruncido.
A unos metros, a