Antonio se mantuvo en pie en medio del gran vestíbulo, rodeado por las sombras de la mansión y por sus hombres, que esperaban atentos a su señal. Su rostro era una máscara de calma oscura, el ceño fruncido, los labios apretados. Frente a él, Aurora, despeinada, con las muñecas enrojecidas por la fricción de las cuerdas, lo observaba con una mezcla de temor y rabia contenida.
Sin apartar la mirada de ella, Antonio alzó una mano e hizo un leve ademán con los dedos. La señal era clara.
—Llévenla a