Dante empujó con violencia las puertas de la mansión, el eco de sus pasos resonando con furia contra los mármoles fríos del vestíbulo. La rabia le ardía en el pecho como fuego contenido, y su respiración era una sucesión de jadeos rabiosos. Su chaqueta estaba sucia, mal colocada, y sus ojos, normalmente serenos, eran ahora el espejo de una desesperación profunda y desgarradora.
Aurora seguía desaparecida. Y él no sabía nada, absolutamente nada.
Se llevó las manos al cabello, tirando con fuerza