Antonio bajó de la camioneta con un movimiento lento, pero firme. El viento helado de la tarde le revolvió el cabello y le hizo entrecerrar los ojos. Se detuvo un segundo, como para asegurarse de que todo a su alrededor seguía en orden. Luego, con pasos decididos, rodeó el vehículo hasta llegar al asiento del copiloto. Abrió la puerta con suavidad, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera romper algo frágil.
Aurora estaba sentada con las manos entrelazadas sobre su regazo. Su rostro e