Dante cruzó el pasillo de piedra con pasos calculados, como si cada metro que avanzaba borrara un rastro de debilidad en él. Iba con la pistola en la mano, el rostro endurecido, los nudillos manchados de sangre seca. Se detuvo frente a la primera puerta y escuchó. Silencio. Nadie.
Solo el eco distante de voces arriba, tal vez en los pasillos principales de la vieja casa.
Giró la perilla, encontró una escalera angosta y subió con cuidado. No podía confiar en que todos estuvieran ajenos a lo que