El silencio dentro del calabozo era tan denso que cada gota que caía del techo retumbaba como un disparo. Fiorella estaba de pie frente a Dante, el cual seguía encadenado, cubierto de polvo y sangre seca, con el rostro endurecido y los ojos oscuros clavados en ella.
El ambiente era espeso, impregnado de sudor, sangre y rencor. La luz amarilla temblorosa apenas iluminaba las piedras que rodeaban la celda.
Dante ladeó la cabeza y sonrió con desdén.
—¿Por qué no me matas tú, Fiorella? —dijo, con