La camioneta de Dante avanzaba por la carretera secundaria, salpicada de barro y aún teñida por el humo que botaba. El motor rugía con fuerza mientras Dante mantenía ambas manos en el volante, los nudillos blancos por la tensión. Apenas tenía tiempo de respirar.
La sangre caliente aún bajaba por su brazo, donde una esquirla de metralla lo había rozado. Pero el dolor era lo de menos.
Detrás, el rugido de otro motor le arrancó una maldición entre dientes. Se giró un segundo por el espejo retrovi