Aurora subió las escaleras con paso firme, aunque el corazón le golpeaba el pecho como un tambor de guerra.
Cerró la puerta de la habitación tras de sí y se apoyó contra ella un momento, respirando hondo. Aún sentía en la piel la mirada de Antonio, esa mezcla de deseo y poder que tanto la había atormentado. Pero ya no era la misma.
No era la mujer que él creyó doblegar. Ahora, con cada decisión, se acercaba más a su libertad… y a su justicia.
Se quitó el vestido rojo con movimientos rápidos y