La vieja casa de campo parecía un mausoleo abandonado en medio de la nada. Las ventanas, cubiertas con tablones. El tejado, carcomido por el tiempo. Pero bajo la superficie, en lo profundo de un sótano húmedo y enmohecido, latía un centro clandestino de tortura disfrazado de clínica médica. Antonio la había elegido con precisión quirúrgica: lejos de miradas curiosas, lejos del alcance de Dante.
Aurora yacía atada a una camilla metálica, sus muñecas enrojecidas por la fricción con los grilletes