El convoy de camionetas negras se detuvo frente a una casa rodeada por altos árboles, en una zona alejada del bullicio de la ciudad. Las luces de los vehículos cortaban la oscuridad como cuchillas.
Dante fue el primero en bajar, con paso firme, los ojos clavados en la fachada de la casa. Llevaba el abrigo oscuro abierto, la camisa negra arremangada y la pistola asegurada en la espalda.
Alonzo descendió detrás de él, revisando el perímetro con la mirada fría y calculadora. Se acercó a Dante con