Capitulo 5

La campanilla del reloj despertador sonó tan puntual como todos los días. El amanecer de Lauren llegaba con un desagradable dolor de cabeza, que no era otro síntoma que la resaca. Estiró su brazo para cesar el martillante sonido. A pesar de sentirse tan estropeada, no llamaría para excusarse y no ir al trabajo; era una mujer de compromiso. Bostezó y se removió entre las sábanas antes de levantarse con actitud campeona. Habitualmente, solía pasar de la cama al armario a escoger su atuendo del día, pero en días con resaca pasaba directo al cuarto de baño, a que las tibias gotas del hidromasaje lavaran los estragos del licor y despejar sus pensamientos. Antes de que colocara su mano sobre el pomo, este ya se había girado. Arthur salía del baño vistiendo tan solo una toalla que cubría su torso inferior.

-Buenos días. -saludó Arthur pasando a la habitación.

-Por favor, vístete. -le respondió Lauren con poca admiración.

-¿Por qué? Ya me has visto desnudo antes. Te prometo que no hay nada nuevo, todo sigue en su sitio, firme. -dijo jocoso. Lauren rodó los ojos, hacía bromas de ese tipo con frecuencia.

-Habíamos llegado a un acuerdo: tú te quedabas con la habitación grande de huéspedes y yo en la principal. -le recriminó. Arthur se sentó al borde de la cama, pensando en las diferencias entre ambas estancias, y la suya en definitiva se quedaba con las desventajas; la desventaja principal era que tenía una tina ordinaria.

-No llegamos a ningún acuerdo, solamente sacaste mis cosas de aquí y yo no puse resistencia.

-Son las consecuencias de ser infiel.

-Pues no me parece justo. -se quejó. -Deberíamos ir rotando: una semana tú, otra yo, y así seguidamente. -Lauren se rió solo para burlarse, era una clara negativa. No sobreviviría una semana sin la vista de su habitación, la pantalla de cincuenta pulgadas y el hidromasaje.

-Sal de aquí, me quitaré la ropa. -Pidió, estaba de pie frente a él. Arthur se echó hacia atrás, recargándose sobre sus manos.

-¿Por qué? No es como que no te hubiera visto desnuda antes. -vociferó con un atisbo de picardía en su voz, quería provocarla.

-Te sorprendería ver lo que un divorcio causa en el cuerpo de la mujer casada. -Arthur frunció el ceño, sintiéndose curioso. Miró por encima de su ropa preguntándose qué había cambiado en su anatomía que ya era perfecta. -Adiós, Arthur.

El ex esposo habría deseado quedarse a refrescar viejos recuerdos, pero fue instado a salir.

-Por cierto, Leslie se quedó a dormir anoche, perdió las llaves de su departamento.

Cuando Arthur cerró la puerta, se acercó a pasarle seguro.

El divorcio no había creado ninguna anomalía en su cuerpo y su disciplina en el gimnasio lo había conservado todo como Arthur probablemente recordaba. No obstante, sí había algo nuevo en su piel: un tatuaje; el primero y el único que se había hecho, situado en el costado derecho, un poco más abajo de su seno. Eran los votos que Arthur citó frente al altar, el mismo escrito que tenía la fotografía sobre su escritorio:

“Hoy te tomo como mi esposa para amarte bajo todas las circunstancias. Cuando sonrías yo sonreiré contigo, y cuando parezca no quedar esperanzas, te prometo que lucharé contra todo pronóstico para no dar nada por perdido. Prometo escuchar tus miedos y sanarlos, incluso cuando los míos sean más grandes. Te acompañaré con fidelidad, en el dolor y en la esperanza, en la salud y la enfermedad. Te elegiré cada día, sin rendirme, y te daré la vida que mereces porque sé que es la vida que yo quiero también.”

Nadie lo sabía, ni siquiera Leslie, quien, en otras ocasiones, le había demostrado ser pésima para guardar secretos. Lo plasmó en su piel una semana después de la infidelidad, cuando ya había llamado a los abogados para dar marcha con el divorcio. Esa noche estaba ebria. Pero cualquiera que creyera que había sido un impulso del alcohol, obstruyendo sus sentidos, estaría muy equivocado. El tatuaje se lo había hecho en un lapso de nítida sobriedad, y aún no llegaba el día en que, parada frente al espejo, se arrepintiera.

El hidromasaje renovó sus sentidos. Aunque todavía tenía jaqueca, un par de aspirinas lo solucionarían. Se vistió con unos confortables pantalones de licra, ceñidos a sus piernas y una blusa sin manga, sujetada por detrás de su cuello. Llevaba una gargantilla de piedras de fantasía a juego con sus aretes. Todo su aspecto era inmaculado, blanco, desde la pinza del cabello hasta sus zapatillas de tacón. Recibió un café, cortesía de Arthur, que todavía lo preparaba al punto, preciso para curar los síntomas de una noche de locura.

Llegó a las oficinas de la firma presentando excusas por la ausencia de Leslie, ella no tenía el sentido de la responsabilidad tan arraigado como la otra y la resaca a penas la dejaría levantarse de la cama. Pasó a su oficina donde se dispuso a trabajar.

-Adelante. -dijo Lauren cuando escuchó el llamado a la puerta. Pronto, su secretario se asomó.

-Paul Benson solicita verla. -dijo usando una tenue voz, todavía cursaba el tercer año de arquitectura. Lauren balbuceó un momento, la había tomado por sorpresa.

-Hazlo pasar. –accedió, logrando articular palabras coherentes, y agradeció el servicio atento del joven aspirante.

Se puso de pie cuando la puerta volvió a abrirse, Brad le dio la bienvenida a Paul, dejándolo a solas con su jefa.

-Es un placer conocerla, miss Toone. -dijo Paul estrechando su mano. Su sonrisa tendía a ser vanidosa, como si fuera la única con tanto brillo.

-Llámame Lauren. No me sienta bien tanta formalidad. –dijo asimilando su aterciopelada voz, intermediada entre la lírica y la grave.

Nunca había sido llamada "miss Toone" siempre fue Lauren, o "Mrs. Maslo" aunque solo fueron sus primeros días de casada.

Cada uno tomó asiento en sus respectivas sillas, a cada extremo del escritorio.

 -Quería agradecerle personalmente su apoyo hacia nosotros en este proyecto. ¿Tuvo oportunidad de preparar el coste estimado de la remodelación? –dijo Lauren queriendo recobrar el sentido profesional.

-Sí, aunque sigue siendo una vaga aproximación. Quisiera tantear en persona el área de remodelación para tener una idea más acertada de los materiales que se requerirán.-explicó Paul, terminando con una blanca sonrisa que dejaba entrever su perfecta dentadura. Era la cereza del pastel. Lauren se sintió en un trance del que se obligó a salir.

-Eh... -empezó balbuceando. Incluso había olvidado cómo hablar. –Por supuesto. La inspección del área que estaba prevista para hoy, ha sido pospuesta para mañana. Nuestra ingeniera en jefe tuvo un pequeño percance anoche por lo que no pudo presentarse en su puesto de trabajo hoy.

-Lo sé, recibí el correo que lo explica; por eso estoy aquí, pensaba que podríamos ir los dos. Honestamente, soy más eficiente en el campo que en la oficina. -dijo el contratista. Antes de dar respuesta, Lauren ojeó la hora en su celular; podía ir al Watford y sin arriesgar su puntualidad con los abogados.

El Ferrari plateado de Paul se deslizaba parsimonioso sobre la carretera de Los Ángeles, adelantándose a otros vehículos de forma casi imperceptible. Era la primera vez que Lauren viajaba en un auto de alta gama.

-¿Puedo hacerte una pregunta personal? -Lauren accedió. Su vida tenía pocos misterios. -¿Cuánto tiempo tienes de casada?

-¿Adivinaste que estoy casada o lo diste por supuesto?

-Vi la fotografía que tienes en tu oficina. -dijo Paul aprovechando el semáforo rojo para acentuar su mirada color caramelo sobre su pasajera, a un lado.

-Oh, claro. Son casi diez años. –espetó, sin saber por qué no aclaró la situación matrimonial la cual atravesaba. Estaba a una firma de ser oficialmente divorciada, que era lo mismo a ser una mujer soltera, libre y abierta a una nueva relación.

Llegaron al Watford que por motivos de la remodelación estaba cerrado al público. Lauren ya era conocida por el guardia de seguridad, quién les recibió cordialmente. Recorrieron cada metro observando con ojo profesional su estructura a medio demoler y dejando a la imaginación los resultados después de los cambios solicitados por el cliente.

Paul la escuchaba atentamente. Intervenía pocas veces, hipnotizado por su melódica voz que le robaba una sonrisa, tan contagiosa que se replicó en Lauren. Pensaba en lo afortunado que era el esposo al poder ver esa sonrisa todos los días y oír su voz por las noches de travesuras. No lo negaba; ella lo atraía. Sus facciones rubias lo atraparon desde el primer instante.

-Nos solicitaron rejuvenecer el lugar, darle una esencia moderna sin desentonar con su característico estilo vanguardista. –explicó como la directora principal del proyecto. –Nuestra ingeniera te dará más detalles al respecto.

-Me parece bien. Tengo que verificar el presupuesto y el cronograma antes de hacer una oferta. Te agradezco por éste tour. –dijo cortésmente. No era tímido, todo lo contrario. Lo siguiente lo dijo con mucho tacto para evitar sonar atrevido: -¿Aceptarías un almuerzo? -Lauren sintió sonrojarse a la vez que sus labios se extendían en una cándida sonrisa. Su mirada, tímida, se desvió unos segundos, aunque cuando habló estaba de vuelta sobre Paul.

-Tal vez en otra ocasión, tengo que ir a una cita. –dijo para el lamento de Benson.

La acercó al boulevard Booking, y la despidió con la promesa de replantear una comida juntos. Lauren entró al edificio jurídico y pasó a la sala de consultoría. Aguardaban dentro los abogados y sus asistentes, entre hombres y mujeres; también estaba Arthur sentado en un rincón de la estancia repasando algunas notas con su abogada. Se vieron, pero no se dijeron nada, actuaron con indiferencia. Solía ser así en presencia de los abogados, quienes reprochaban su cordial relación. Pronosticaban, con sobrada experiencia, que una buena relación entre ex esposos siempre llevaba a una reconciliación.

La sesión dio inicio ya que ambas partes estaban presentes. Cada miembro de la sala ocupó una silla al servicio de la mesa de reuniones. Lauren y Arthur coincidieron uno  junto al otro, y los abogados se repartieron entres los asistentes. Excluido en un rincón estaba el notario tomando apuntes del concilio, aunque la reunión se efectuara en matices trillados. Una vez cada mes se reunían para dar seguimiento a su caso de divorcio, cuyo gran impedimento era la venta de la casa.

-Este nuevo mes se registra la venta efectiva del vehículo ford, modelo dos mil veinte. La cuota estimada en ochenta mil dólares fue transferida a la cuenta de retención de ingresos. -explicó Olivia, la abogada de Arthur. Una mujer de tez bronceada, ojos grises, y mirada adversa; con cabello de rizos platinados. –¿Es correcto?

-Sí. -dijeron al unísono Arthur y Lauren, mostrándose muy serios. Prosiguió con un recuento de los bienes que hasta ahora se habían vendido. Luego una larga, muy larga lectura de leyes y otros temas burocráticos.

-Antes de terminar la presente sesión, queremos traer a asuntos de venta el WavesNigth Club. –dijo Alvin, el abogado rollizo y de mostacho húngaro color blanquecino que defendía a Lauren. La sala cayó en un sosiego propio del suspenso.

-El club de mi cliente nunca estuvo en discusión. -dijo Olivia.

-Ha llegado el momento de que lo esté. Es bien sabido que fue un bien adquirido durante el matrimonio. –refutó el hombre del mostacho húngaro. –Si el caso es no se venderlo, las ganancias de dicho establecimiento debe beneficiar también a mi clienta.

Todos los ojos cayeron sobre Lauren, a la expectativa de su intervención. Eran miradas cómplices, desaprobadoras, desafiantes y atentas, aunque ninguna pesaba más que la de Arthur, y estaba justo a su izquierda.

-No estoy interesada en el club. –dijo la mujer, presionada por toda la atención. Le disgustaba la recriminadora mirada de Olivia que la observó un instante más que el resto.  

-Eso es suficiente. –se apresuró en decir la abogada, temiendo quizás un cambio de idea. Quiso pasar a otro punto, sin embargo, Alvin no se daba por satisfecho.

-El Waves Nigth fue un bien adquirido durante el matrimonio, en consecuencia debe entrar en la repartición. Mi clienta se ha desprendido de todas sus adquisiciones, lo más justo es que el señor Maslo haga lo propio. –Olivia no tenía el tiempo suficiente para extender la sesión, así que empezó a recoger sus folios y otras pertenencias. Sus asistentes iban tomando apunte de todo.

-Muy bien, este tema se llevará a discusión la próxima sesión. –ahora sí, la reunión terminó.

A las afuera del edifico, Lauren tomó un taxi de regreso a su oficina. No quiso mirar a sus alrededores para evitar tropezarse con la mirada de Arthur.

-Mr. Maslo –él ubicó con la vista a su abogada. Se subía a su auto honda. Arthur recortó distancia con ella.

-¿Acaso me olvidé de algo? –preguntó fingiendo ingenuidad.

-Sí, nuestra cita. Pero estás a tiempo.

Se dirigieron a un hotel de mediana reputación. Olivia, a penas con ropa, se movía en vaivén sentada a horcajadas sobre Arthur, a quien le había arrancado cada pieza de su vestimenta hasta que su tonificado cuerpo quedara desnudo, a su completa disposición. Lo había dejado como espectador, un simple asistente de su goce. Le gustaba hacerse cargo de su propio placer.

Cuando hubieron acabado, la abogada se tiró sobre la cama. No esperaba que su cliente hiciera el rol de buen amante y la cortejara; una mujer casada, sumida en la rutina, ya no se interesaba por esas atenciones. Tan solo reposaba, esperando recuperar la sensación de sus temblorosas piernas. Una vez que las volvió a sentir, se levantó y se dispuso a vestirse.

-Debes buscar la forma de acelerar la venta de la casa. -sugirió volviendo a su papel de abogada, mientras acomodaba su brassier. –Te conviene firmar cuanto antes el divorcio o esa mujer te quitará más de lo que quieres. Ya ha fijado su puntería en el club y podría arrebatártelo.

-Esa no fue Lauren. Apuesto que la idea la tuvo su abogado. No te ofendas, pero a veces pueden ser unos malditos. –Olivia reprochó su comentario.

-Múdate entonces. Cualquier cosa que digas o hagas puede ser un arma de ataque para ella, mientras menos contacto mantenga será mejor.

-¿Mudarme a dónde?

-Por favor, el club genera grande ganancias, renta un departamento. Si puedes pagar a mi bufete, podrías pagar el precio de un departamento promedio. –se sentó en el bordillo de la cama para ponerse los tacones.

-Al respecto de eso creo que deberías hacerme un descuento por estos beneficios que recibes de mí. –de nuevo fue reprochado por Olivia. Eso no pasaría, tampoco dejaría de lado los beneficios.

-Hablo en serio. Tienes que mudarte.

-Esa casa fue el primer sueño que realicé. Allí compartí la última comida con mi familia cuando mi madre aún estaba viva y fue donde le dije que sería abuela. En sus paredes todavía se conserva el recuerdo de la familia que soñé tener. No puedo solo mudarme, aún hay recuerdos que no quiero perder. –dijo Arthur decidido a mantenerse en pie hasta el último capítulo. La abogada suspiró, maldiciendo su obstinación.

-Tengo que irme, debo recoger a mis hijos del colegio antes de que mi esposo regrese del trabajo. –dijo caminando hacia la puerta. Antes de girar el pomo se volvió hacia Arthur. -Gracias por recordarme que soy mujer.

-Cuando quieras. –alcanzó a decirle.

Pagó la habitación del hotel y se dirigió a su casa, Lauren ya estaba allí con sus acostumbrados folios y carpetas regados por doquier. Se saludaron fríamente, las reuniones con los abogados siempre dejaban una estela de incomodidad entre ellos. Arthur iba a pasar a su habitación directamente, pero se detuvo un momento y se regresó para acercarse a Lauren.

-¿Quieres quedarte con el Club? –le preguntó ganándose su absoluta atención.

-Claro que no. No sé por qué mi abogado dijo eso, desde luego que no lo consultó conmigo primero. –Arthur sonrió, no se había equivocado y le gustaba saber que todavía conocía a la mujer que presumió como su esposa. –Siempre que tenga bebidas gratis, el club será completamente tuyo.

-Dalo por hecho. –la estela se rompió con una sonrisa de ambos. –Es un alivio. Ese club es el segundo sueño que realicé, no quisiera perderlo.

-El segundo ¿cuál es el primero? –la mirada que le dedicó estaba cargada de dulzura, no podía verla de otra manera.

No era la casa la que llevaba los recuerdos, sino Lauren. Ella era a la que no quería perder. Pudo habérselo dicho, pero se contuvo como tantas veces hizo callándose sus miedos. Ya habían sufrido bastante en el pasado.

-Un sedán nafta del noventa y cinco, fue el primer auto que tuve. –mintió.

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