Capitulo 3

Una mujer alta, de carácter austero, cuyo cabello estaba tan perfectamente trenzado que daba la apariencia de ser una peluca, observaba con ojo minucioso la casa. Sus pasos eran seguidos por la pareja de ex casados. Lauren le indicaba cada detalle en la estructura y las ventajas de adquirirla. Tenía un dominio de la palabra excelso; hacía parecer una convencional casa en una urbanización ordinaria como una finca en los Alpes suizos. Arthur, en cambio, solo hacía acto de presencia, las veces en que intervenían eran pocas y nunca se extendía, él no entendía de casas ni ventas. Pero por recomendación de su abogada, debía estar presente en el momento en que se efectuara la posible venta.

-Y a dos cuadradas de aquí encontrarás un jardín de niños, por si quisieras tenerlos o si ya los tienes. -dijo Lauren. Al principio, cuando decidieron vender la casa, evitaba mencionar este aspecto a los compradores, al menos cuando enseñaba la casa junto a Arthur. Perdió la prudencia de evitarlo al darse cuenta de la ventaja tan grande que significaba un jardín de niños cerca de casa.

La posible compradora se detuvo en medio de la sala principal. Habiendo culminado la inspección de la casa, sus impresiones las guardaría para sí misma.

-Muy bien, basta de arcoíris. ¿Dónde está lo malo? -Los exesposos se miraron, su confusión era tan evidente que la mujer no encontró otro remedio que explicarse, aunque tal pareció que le incomodaban las explicaciones. -Jardín de niños cerca de casa, vecindario agradable, precio accesible. No puede ser perfecto o no la estuvieran vendiendo.

-De hecho, sí es perfecto, la razón por la cual la vendemos es porque estamos separados, pero los abogados nos recomendaron que, antes de firmar el divorcio, dividiéramos en buenos términos los bienes adquiridos durante el matrimonio. -explicó Arthur. Leslie, que los veía desde el umbral de la puerta de la cocina, pudo reconocer un destello de frialdad en sus palabras. -Repartir el dinero a partes iguales es mucho mejor que señalar quién se queda con cuál mueble.

-Vaya. -fue todo lo que la mujer dijo, viéndolos de arriba hacia abajo, con aparentemente prejuicio.

Un timbre en su celular le arrebató la atención. Luego de leer un mensaje, dijo:

-Agotaré las opciones antes de decidirme por una casa, pero la suya tiene un buen pronóstico.

La mujer fue despedida edificantemente por Lauren, mientras que su esposo se limitó a sacudir vagamente su mano.

-Bueno, una más qué tachar de la lista. –se quejó Arthur regresando a la casa, se lanzó al sofá sin ningún cuidado.

-No seas pesimista, la has escuchado; nuestra casa tiene buenos aspectos, solo quiere estar segura. –Lauren se sentó en uno de los sillones, pronto Leslie los acompañó.

-No es así como funciona ¿acaso ya olvidaste cuando tú y yo pasamos por esto? Estuvimos viendo casas por varios meses, reconsiderando una y otra vez las mismas, pero cuando vimos está lo decidimos, no le dimos muchas vueltas. –Lauren asintió recordándolo. El tiempo, que marchaba en contra, le impidió ensimismares más profundos.

Sin más interrupciones, Leslie y Lauren marcharon hacia las oficinas de arquitectos, con el tiempo justo para evitar una reprimenda del señor Crawley, dueño y director de la firma. La reunión empezó casi de inmediato, fueron reunidos en la sala de conferencias más de cincuenta profesionales de diferentes áreas de la arquitectura, sentados a la mesa en forma de círculo, viéndose todos las caras. Lauren los conocía a todos, excepto a uno; un hombre de complexión escultural, de ojos y cabello castaños, que estaba justo frente a ella después del otro extremo de la mesa. Acertó al suponer que se trataba del nuevo contratista.

El señor Crawley fue el encargado de dar inicio, destacó algunos puntos cómo los objetivos y el alcance del proyecto, también ofreció una detallada explicación de la visión general del cliente. Ocasionalmente, otro de los miembros intervenía con alguna acotación. Lauren, en cambio, se mantenía al margen, haciendo apuntes de lo importante y de lo que creía importante, el proyecto pesaba en sus hombros debía tener en cuenta cada detalle y opinión de su equipo.

-...Contamos con el apoyo de Paul Benson, contratista de la firma Prism Architecture -en medio de su sermón, presentó al nuevo miembro. Solo entonces, Lauren se fijó en la sonrisa que le dedicaba, viéndola solo a ella como si fuera la única en la mesa. Ella, por naturaleza tímida y quizás un poco indiferente, agachó la mirada hacia su libreta de notas, ignorando el gesto, no porque se sintiera incomoda, era más la vergüenza de reconocer en el hombre rasgos que también la atraían.

Lauren nunca fue una seductora de hombres. En las relaciones, ella no era la que daba el primer paso, ni siquiera con Arthur, quién frecuentaba visitar a Leslie en el campus a diario: fines de semana, días feriados o evento especiales, siempre que el reglamento lo permitiera. Pasaba largas horas en la habitación de su hermana, platicando y compartiendo anécdotas, mientras que ella, sintiéndose demasiado insegura para hablarle, se quedaba sobre su cama, escuchando música y cubriéndose el rostro con algún libro, pensado en lo bonito que era el hermano de su nueva amiga.

La reunión terminó y todos salieron de la sala, aglomerados hasta cruzar el umbral de la salida. Lauren tomó el ascensor hacia la tercera planta, donde estaba su oficina. Aún tenía que esforzarse en creer lo que había conseguido. Cuando empezó en la firma Crawley y asociados, tuvo un diminuto cubículo como oficina, fue ascendiendo de puesto hasta obtener la oficina de cuarenta metros cuadrados que ahora tenía; con cuarto de baño privado, una vista panorámica de la ciudad y los relieves montañosos alzándose en el horizonte con el luminoso letrero de Hollywood en la cumbre. Incluso contaba con la asistencia de una secretaria, y una elegante vitrina de vinos que la empresa le regalaba en felicitaciones por su trabajo. Era lo más alto que podía aspirar sin pecar por avaricia. Se sentó tras su escritorio a repasar los apuntes de la reunión y los organizó, marcó fechas y pautó citas en el calendario, y luego redactó varios correos que mandó a diferentes destinatarios.

Presionó el botón de un aparato sobre la mesa, cuando hubo encendido una luz, roja dijo:

-Brad, consigue la cuenta de e-mail de Paul Benson. Gracias. -soltó el botón.

Junto al aparato intercomunicador reposaba una fotografía enmarcada en madera caoba y protegida con cristal templado: era una foto de ella, vestida con el fino vestido blanco de su boda, capturada a minutos antes del "sí quiero." Tal vez era momento de quitarla de allí, pero cada vez que intentaba sustituirla había algo en Lauren que lo impedía. Se engañaba ingenuamente convenciéndose de que era por la elegancia y belleza que presumía en esa foto, vestida de blanco con atavíos de piedras adornando su cabello y parte de su ceja. Pero ignoraba, convenientemente, la dedicatoria que había escrita detrás de la fotografía, a puño y letra de Arthur.

La puerta se abrió sin previo llamado, era Leslie quien no disimulaba la confianza y buena relación que tenía con Lauren, nadie más entraba a su oficina sin que el secretario pidiera antes su consentimiento.

-Acabo de enviarte el esquema del plano. ¿Ya has seleccionado los materiales propicios para la construcción? -preguntó Lauren, mientras que Leslie se arrellanaba en el sillón al otro extremo del escritorio. Pasó una de sus largas y esbeltas piernas sobre la otra con mucho estilo.

-Todavía no. –respondió tranquila, oponiéndose al afán de Lauren.

-Necesito que lo hagas cuanto antes para solicitar el posible presupuesto.

-Oye, ¿Qué me dices de Arthur? -desvió el tema drásticamente. Lauren cruzó los brazos y los colocó sobre el escritorio, inclinándose un poco hacia adelante.

-¿Qué pasa con él?

-¿Cómo va llevando todo esto de su separación? -ya había sucedido un año de su ruptura, y en todo ese tiempo Leslie no había tenido oportunidad de hablar con su hermano, de conocer las razones por las que engañó a Lauren cuando juraba que estaba enamorado de ella. No eran solo palabras, podía notarlo en sus acciones. Cuando Lauren llegó a su casa, destrozada, contándole lo que había pasado, Leslie apenas pudo creerlo. Ese día, viéndolos ofrecer la casa en la que habían construido sueños, pudo notar un desaire nostálgico en su hermano.

-Bastante bien, yo diría. Supongo que la compañía femenina que a diario consigue  le sirve como apoyo emocional. –dijo sin mostrar rencor. Si podía aceptar que su ex esposo llegara a casa con diferentes amantes, podía hablar de ello con la naturalidad de quien cuenta un rumor.

-Ya veo. –dijo Leslie sin aceptarlo por completo. -¿Y tú cómo lo llevas?

-Tan bien como él, aunque con menos apoyo masculino. En un año solo he conseguido llevar a casa a cuatro hombres. –comentó dejando en evidencia su poca habilidad para ligar.

-Bueno, pronto llevarás al quinto. –dijo Leslie con picardía. Su ex cuñada no entendía a qué se refería. -Paul Benson. No puedes decirme que no viste la forma cómo te miraba, esa sonrisa cuando te vio.

-Eso no significa nada, solo se presentaba. -justificó. Su rostro adquiría el color de la vergüenza, en el fondo lo había interpretado tal y como Leslie hizo. -En fin, no es profesional, no estamos en lugar adecuado para hablar de estas cosas.

-Muy bien. Si es así, entonces… –replicó levantándose de su silla. –vayamos a un lugar donde sí podamos hablar de estas cosas. Yo invito.

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