30. El Louvre
La mañana amaneció gris, cubierta por una llovizna tenue que acariciaba las piedras de París. Desde la ventana de la suite, las cúpulas y torres se difuminaban bajo la niebla, como si la ciudad quisiera recordarnos que la belleza también podía ser melancólica. Cada gota contra el cristal resonaba constante, recordándome que el tiempo seguía su curso.
Max recibió una llamada temprano, mientras yo ajustaba los últimos botones de mi blusa frente al espejo. Su voz baja, rápida, estaba cargada de una