31. El Primer Quiebre
El coche avanzaba en silencio, como si hasta el motor supiera que cualquier ruido podía detonar una guerra. Cada semáforo rojo era un recordatorio cruel de que estaba atrapada sin salida. Afuera, París brillaba húmeda y elegante, indiferente a la tormenta que me consumía por dentro.
Max conducía rígido, con los nudillos blancos sobre el volante, como si aferrara no solo el auto, sino también todas las mentiras que lo mantenían a flote. Su perfil era una máscara impenetrable, pero yo conocía las