138. Jaque a la Dama Roja
La calma que precede a la tormenta es un mito. No hay calma. Solo hay un silencio cargado de electricidad.
Han pasado dos semanas desde que Camila se subió a ese tren hacia Barcelona, desde que la abracé en la estación de Atocha, sintiendo que me arrancaban una extremidad. Ella no miró atrás. Caminó hacia el control de seguridad con la espalda recta, una guerrera herida que se niega a cojear.
Desde entonces, el silencio de Victoria ha sido ensordecedor.
—Está demasiado tranquila —murmuro. Estoy