29. Suite Compartida

El auto se detuvo frente al hotel con un chirrido suave de frenos. El chófer bajó primero, abriendo la puerta trasera. El aire frío de París entró como un látigo, despejándome apenas. El pavimento aún brillaba por la llovizna reciente, y las luces de los faroles se reflejaban en él como brasas apagadas.

Max salió sin mirarme. Su mano no me ofreció apoyo, como tantas otras veces. Me dejó descender sola, con los tacones resbalando sobre la acera húmeda. Un detalle mínimo, pero suficiente para clavar la distancia entre nosotros como un cuchillo.

El vestíbulo del hotel nos recibió con un resplandor dorado. Mármol pulido, flores frescas, música suave de piano. Todo parecía diseñado para transmitir calma, pero lo único que yo sentía era un nudo en el pecho. A nuestro paso, algunos empleados se inclinaron en saludo. Max no devolvió la cortesía; avanzaba rígido, con la mirada fija en el ascensor, como un soldado marchando hacia un encierro.

Yo lo seguí con pasos medidos, la espalda recta, el
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