135. Confrontación
El edificio de Camila estaba a oscuras, una masa de ladrillo silenciosa en la noche de Malasaña. Solo una ventana en el tercer piso rompía la negrura; la luz parpadeaba con un ritmo irregular, espasmódico, como la sinapsis de un cerebro que está fallando. Supe que era su apartamento antes de mirar el número. El desastre siempre emite su propia señal.
Llamé al timbre. Una vez. Dos veces. Al tercero, escuché el arrastrar de pies descalzos y pesados al otro lado de la madera.
—¿Quién es? —La voz de