137. La Mujer de mi Vida
DIEGO
Bajé los cuatro pisos del edificio de Camila sin sentir mis piernas. El sonido de mis pasos contra la madera vieja de la escalera resonaba como un cronómetro: Bar-ce-lo-na. Bar-ce-lo-na. Cada sílaba era un kilómetro de distancia. Cada sílaba era una confirmación de que había roto algo que no tenía repuesto.
Salí a la calle. El aire de la mañana en Malasaña estaba frío, cargado de olor a pan recién horneado y basura de la noche anterior. Me apoyé contra la pared de ladrillo, buscando aire.