32. Entre Sábanas
El vapor del baño aún flotaba en el aire, espeso y sofocante, pegándose a la piel como una segunda capa imposible de arrancar. El olor húmedo de las toallas mojadas se mezclaba con el del perfume caro que había quedado impregnado en mi cuello. Mis labios ardían todavía por el beso que no debí permitir, y mis manos temblaban bajo el recuerdo reciente de sus caricias.
Quise hablar, protestar, decir cualquier cosa que me devolviera el control, pero cuando levanté la mirada lo vi. Max estaba frente a mí, con la frente pegada a la mía, respirando de manera descontrolada. Sus ojos, tan oscuros como una noche sin estrellas, parecían un mar embravecido: un torbellino de rabia, deseo y algo más que me resultaba insoportable reconocer. En ellos no había paz, ni cordura, solo la evidencia de que lo que nos unía seguía latiendo aunque me negara a aceptarlo.
—Esto es un error —alcancé a susurrar, con la voz quebrada.
Él no se apartó. Sentí su respiración cálida rozando mis labios cuando respondió,