37. Confrontación
El eco de la noche con Alejandro todavía vibraba en mi piel cuando crucé la puerta de la suite. Sentía aún el peso de sus manos sobre mi cintura, la calidez de su mirada, la libertad que me había devuelto. Por primera vez en años había respirado como una mujer y no como una sombra. Pero apenas entré, la realidad me golpeó con la crudeza de un portazo invisible.
Max estaba allí. Hundido en el sofá, con una copa de whiskey a medio vaciar que descansaba en su mano. La corbata colgaba floja, la camisa desabotonada dejaba al descubierto un pecho tenso, atravesado por la furia contenida. Sus ojos, enrojecidos por la vigilia, estaban clavados en la puerta como si supiera que en algún momento debía atravesarla. Era una imagen brutal: poderosa, herida y peligrosa.
Por un instante, el miedo intentó reptar bajo mi piel, recordándome quién había sido él en mi vida. Pero no lo permití. Enderecé la espalda y avancé con paso firme. El aroma que impregnaba la habitación —mezcla de loción, alcohol y p