37. Confrontación
El eco de la noche con Alejandro todavía vibraba en mi piel cuando crucé la puerta de mi suite. Llevaba en el cuerpo la tibieza de sus manos en mi cintura, el roce de su voz grave contra mi oído, la libertad inesperada que había abierto una grieta en mi prisión. Por primera vez en años había respirado como una mujer, no como una sombra.
Pero apenas el picaporte se cerró tras de mí, la realidad me golpeó con la brutalidad de un portazo invisible.
Max estaba allí.
Hundido en el sofá, con una copa