35. Retorno a la Gala
El aire frío del callejón todavía quemaba en mis labios. El beso violento de Max, su amenaza, su grito de posesión resonaban como cadenas en mi cabeza. “Eres mía”. La frase seguía vibrando cuando crucé el umbral del salón otra vez, como un tatuaje invisible que me oprimía el pecho.
Aún temblaba. No de miedo. Era rabia. Una rabia filosa, encendida, que me recorría como acero fundido bajo la piel. La llamada de esa mañana con Isabela regresó de golpe, clara como una herida abierta: Max, creyéndose intocable, prometiéndole a ella lo que a mí me negó siempre —dulzura, complicidad, pertenencia—. Se atrevía a hablar de fidelidad mientras compartía confidencias con la mujer que más odiaba, como si yo fuera solo una pieza de utilería en su teatro personal.
Me alisé el vestido esmeralda con las manos temblorosas. El forcejeo en el callejón lo había arrugado, marcado como testigo de nuestra batalla secreta. Apreté los labios y levanté la barbilla. París no debía ver a una víctima. Si tenía que