40. Encuentros a Media Noche
No dormí. Ni siquiera lo intenté.
El aire de la habitación era denso, como si el lujo de la mansión se hubiera convertido en un traje demasiado ajustado que me impedía respirar. La noche avanzaba lenta, marcada por los crujidos de la madera y los ruidos amortiguados de un espacio demasiado grande para ocultar secretos.
Cerca de las tres de la madrugada escuché un movimiento en el pasillo.
Max.
Reconocería ese paso entre mil.
Dudé un instante, con el corazón acelerado, preguntándome si tenía fuerzas para verlo. Pero el instinto me empujó a salir.
Abrí la puerta apenas un resquicio y lo vi bajar las escaleras, descalzo, con una camisa arrugada y un vaso en la mano. Lo seguí a la distancia, cuidando que la penumbra me cubriera.
El despacho estaba iluminado. La puerta entreabierta dejaba escapar una línea de luz amarilla. Me acerqué lo suficiente para escuchar.
—Esto no puede repetirse, Isabela —la voz de Max sonaba tensa, cargada de reproche, pero también de un miedo que reconocí al inst