36. Escape de una Noche
Me acomodé en el asiento del coche de Alejandro, todavía con el corazón golpeando contra mi pecho, desbocado, rebelde. El cuero bajo mi piel estaba helado, y sin embargo yo ardía por dentro. Afuera, París se deslizaba en destellos confusos tras los cristales empañados. Las luces corrían sin destino fijo, igual que mis pensamientos, atrapados entre la rabia hacia Max y la incertidumbre de lo que me esperaba.
Me abracé a mí misma, como si ese gesto pudiera contener el temblor que me recorría. Alej