Isabella se lanzó contra él con una fuerza que nadie esperaba.
—¡Cobarde! —gritó, sus ojos brillando con la ira de una loba herida—. ¡Vamos, Kaen, atrévete a atacarme!
El lobo de Kaen, enorme, de pelaje oscuro y mirada imponente, se quedó quieto. No se movió ni un centímetro.
El silencio se apoderó del campo.
Todos esperaban el golpe final, el rugido, la furia del Alfa… pero no llegó.
Entonces, Kaen levantó el rostro hacia la luna y dejó escapar un aullido profundo, un sonido que heló la sangre