Mientras tanto, en la habitación del Alfa, el silencio era tan denso que parecía devorar el aire.
El cuerpo de Kaen yacía sobre la cama, inmóvil, cubierto por un sudor helado. Su respiración se hacía cada vez más lenta, más débil.
El veneno corría por sus venas como una sombra viva, consumiendo la energía de su cuerpo, apagando la fuerza que alguna vez había hecho temblar a reinos enteros.
Los médicos se movían a su alrededor, desesperados, mientras el olor metálico de la sangre se mezclaba con