El amanecer llegó cubriendo los árboles con una bruma dorada. Las hojas húmedas temblaban bajo el primer rayo de sol.
Kaen abrió los ojos lentamente, el aire frío le rozó el rostro… y entonces lo sintió: el vacío. El lugar a su lado estaba helado, Isabella no estaba allí.
Por un segundo pensó que quizá soñaba, que ella simplemente habría ido por agua o por las hierbas que solía recoger cada mañana.
Pero el silencio era demasiado profundo, la brisa no traía su aroma, ni el leve sonido de sus paso