Isabella llegó hasta esa prisión con la sensación de que el aire mismo la repugnaba.
El olor a humedad, a metal oxidado y a sangre seca se pegó a su piel como una capa invisible.
Cada paso que daba resonaba sobre el suelo frío y las paredes parecían apretar, conspirando para que la determinación se le quiebre.
Solo los peores lobos estaban ahí, los que la manada había expulsado a la sombra porque sus crímenes los colocaban fuera de cualquier redención; los condenados eran entregados a la muerte