Ese beso se volvió profundo, tan intenso que parecía no tener fin.
No fue un simple roce, sino una necesidad ardiente que los consumía a ambos.
Isabella sintió cómo el calor de Kaen la envolvía, como si el mundo entero desapareciera hasta quedar reducido al roce húmedo de sus bocas y a la fuerza de sus cuerpos, entrelazados en un impulso que ninguno de los dos podía detener.
Por un instante, no existieron las guerras, ni las manadas enemigas, ni el peso de las promesas incumplidas. Solo eran ell