—Te compartí mis secretos, mis miedos más oscuros, mis sueños más ingenuos… pero tú, Kaen, nunca compartiste los tuyos —la voz de Isabella era un murmullo quebrado, casi un suspiro perdido en medio del viento que soplaba entre los muros de piedra de la fortaleza—. Te confié lo que jamás le di a nadie, incluso lo que me avergonzaba admitir de mí misma. Te usé, sí, como un peón en mi juego contra Dante… pero después, cuando vi que eras de fiar, cuando sentí que podía abrirte mi alma, te lo di todo
Luna Ro
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