En un instante, todos los lobos aparecieron, una marea de cuerpos y aullidos que llenó el claro.
Las sombras se movían con precisión, una ola organizada de poder que respondía a una sola voz: la de Alfa Kaen.
Su figura se recortaba en el centro, enorme, imponente; su pelaje brillaba bajo la luz mortecina de la luna y sus ojos eran dos carbones encendidos.
Cuando Kaen la vio, todo lo demás dejó de existir. Sacudió el aire con un aullido profundo que atravesó los huesos, y corrió hacia Isabella co