Isabella tocó su vientre, sintiendo la vida que crecía dentro de ella. Todo se sentía tan extraño, tan abrumador.
—¿Un hijo de Kaen? —susurró, la incredulidad mezclándose con la tristeza. Una lágrima resbaló por su rostro, marcando su piel con el rastro de su dolor. En ese instante, todo se sentía roto.
“Tener un hijo cuando lo he rechazado, cuando me rompió el corazón… ¡Qué triste es!”, pensó, pero no se atrevió a pronunciar esas palabras en voz alta.
La confusión y el desasosiego la envolvían