Al día siguiente, la tensión en la manada era tan densa que parecía que el aire mismo pesaba sobre los pulmones.
Dante, con la arrogancia que lo caracterizaba, reunió a todo el consejo de ancianos en secreto, creyendo que sus maniobras seguirían siendo invisibles.
Sus movimientos eran rápidos, susurros en la oscuridad, planes entre pasillos silenciosos… pero ya no existían secretos para el Alfa legítimo ni para su Luna.
Isabella, con el corazón encendido de valentía, había entregado todo a Kaen.