Kaen llevó a Isabella hasta la mansión bajo un silencio denso, casi insoportable.
No le permitió ver a sus hijos, no le dio tiempo de respirar ni de entender lo que acababa de suceder en la frontera.
La arrastró por el largo pasillo de piedra, iluminado apenas por la luz de la luna que se filtraba entre las cortinas. Su mirada era fría, pero en el fondo ardía algo feroz: deseo, furia, desesperación.
Todo mezclado en un torbellino que amenazaba con consumirlos a ambos.
La puerta de la habitación