Apenas oyó la voz, Cira reconoció a la mujer: Charlotte Vega.
No sabía qué había vivido en estas dos semanas, pero estaba visiblemente más delgada, con un pálido enfermizo que hacía resaltar unos ojos enrojecidos. Agarró la manga de Cira y suplicó entre sollozos:
—Se lo ruego, señorita Ferrera, no le quite a mi esposo. No destruya mi familia.
El auditorio quedó helado. La prensa invitada olió el escándalo: cámaras enfocadas a Cira y a Charlotte, y reporteros a punto de abalanzarse por “la primic