Mundo ficciónIniciar sesiónValentina no cree en el amor verdadero. Cree en el sarcasmo, en sobrevivir a la oficina con café triple expreso y en evitar cualquier cosa que implique “abrirse emocionalmente”. Por eso, cuando su mejor amiga la obliga a descargar una app de citas, lo toma como un juego. Uno muy desastroso. Entre matches incóodos, conversaciones absurdas y citas que parecen sacadas de una pesadilla romántica, su perfil termina haciéndose viral por accidente. Pero la fama en internet no es el verdadero problema. El verdadero problema es Mateo Kang. Su irritantemente atractivo compañero de oficina. El hombre con quien mantiene una guerra fría desde que le robó el estacionamiento… y que acaba de hacer match con ella sin saberlo. Ahora Valentina está atrapada entre memes, malentendidos, tensión insoportable y una química que arruina cada intento de seguir odiándolo. Porque cuanto más conoce a Mateo fuera de la oficina, más difícil se vuelve ignorar que quizá el amor aparece de la forma más absurda posible. Aunque haya comenzado con un error tecnológico. Y quizá ese sea el verdadero desastre. O el inicio de algo mucho peor… enamorarse. “El problema no fue que Mateo descubriera que uso una app de citas en horario laboral. El problema fue que hizo match conmigo… y todavía no lo sabe.”
Leer másEl despertador chillaba como un demonio eléctrico. Valentina lo golpeó con la mano hasta que cayó de la mesa de noche.
—Silencio, condenado aparato —gruñó, enterrando la cara en la almohada.Abrió un ojo, luego el otro… y soltó un alarido ahogado. Otra vez había dormido tres horas porque se quedó deslizando perfiles en esa aplicación de citas que su mejor amiga Laura la obligó a descargar. Según Laura, “era hora de modernizar su corazón”. Según Valentina, era hora de despedirse de sus ojeras.
Se levantó a los tropiezos, abrió el armario y se vistió con lo primero que sus manos agarraron: blusa arrugada, pantalón que no combinaba y zapatos que parecían haberse conocido por casualidad. Mientras se peinaba, pensó: Al menos los fashion bloggers no me siguen en la vida real… todavía.
Condujo a toda velocidad por la ciudad, delineador en una mano, volante en la otra, y un claxon furioso detrás.
—Sí, señor, también voy tarde a trabajar, ¿quiere que intercambiemos vidas? —le gritó al retrovisor, antes de mancharse la mejilla con rímel.Hizo una parada exprés en su cafetería favorita. El barista, ya resignado, le extendió un vaso antes de que hablara.
—Triple expreso, ¿cierto? —Bendito seas, ángel cafetero. —Tomó el vaso y, con un suspiro dramático, añadió—: Mi vida amorosa es tan inexistente como el wifi del metro. El barista sonrió, como quien escucha un mantra repetido.Diez minutos después, Valentina estacionaba su auto… o mejor dicho, intentaba estacionarlo, porque allí estaba él. Otra vez. Mateo. Su enemigo jurado, con su coche brillante ocupando su lugar, como si fuera un derecho divino.
Valentina salió del carro, apretando el vaso de café como si fuera un arma.
—Mateo, ¿me recuerdas qué parte de “Reservado para Valentina” no entiendes? ¿La palabra reservado… o la de Valentina?
Él levantó la vista del celular con calma irritante.
—Buenos días para ti también, vecina de puesto. Quizás si llegaras a tiempo, el espacio seguiría libre.
Respira, Valentina, respira. No lo asesines en lunes.
—Algún día, Mateo, voy a ponerte una multa yo misma —espetó, caminando hacia la oficina con paso firme.
Él sonrió de medio lado, ese gesto que la sacaba de quicio… y que, para colmo, le aceleraba el pulso.
—Promesas, promesas, Valentina.
Ella entró a la oficina mascullando improperios y sorbiendo su café como antídoto. Estaba convencida de que Mateo era su cruz.
Valentina se dejó caer en su silla, sorbiendo el café como antídoto contra la furia matutina. Mientras sacaba su laptop, trataba de reorganizar su desastre de cabello, maquillaje y vida en general. “Todo bajo control”, se repitió, aunque su rímel dudaba de ello.
—Deberías ir presa por la ropa que llevas puesta —dijo Laura, su mejor amiga, que apareció detrás de su cubículo con una sonrisa traviesa.
Valentina la fulminó con la mirada, sin levantar la voz:
—No estoy de buen humor, Laura.
—Imagino que por llegar tarde, el guapo de Mateo está en tu puesto favorito —añadió Laura, inclinándose con exageración para contemplarla de arriba abajo.
Valentina bufó, rodando los ojos. Sí, porque discutir con él en la mañana es mi idea de diversión.
—No, Laura. Hoy mi paciencia está en huelga.
Laura se apoyó en el borde del cubículo, cruzando los brazos y sonriendo con malicia.
—Vamos, admítelo… ese hombre es casi perfecto. Alto, atlético, con esa sonrisa que parece sacada de un anuncio de pasta dental y unos ojos que, aunque al principio se muestran serios, esconden un brillo travieso que te atrapa sin querer. Su cabello negro cae con despreocupación sobre la frente, y cada gesto suyo tiene ese toque de misterio que te hace querer descifrarlo. Y el comodín: hijo de padres emigrantes surcoreanos, Mateo tiene esa combinación de elegancia natural y magnetismo que hace imposible no notarlo. Parece protagonista de esas series coreanas que tan famosas son.
—Laura —dijo Valentina, mientras fingía revisar un correo—, si sigues alagando a Mateo frente a mí, puedo jurarte que voy a…—tragó saliva—…comerme este café de un solo trago y tirarlo por la ventana.
Laura soltó una carcajada.
—Tranquila, Valentina, solo intento que aceptes la realidad: tu enemigo de oficina es un cliché andante, y tú estás a punto de ser la protagonista de tu propia comedia romántica.
Valentina respiró hondo, mirándose en la pequeña pantalla de su laptop. Comedia romántica, dice… Si solo supieras, Laura, que hoy voy a descubrir que la vida es más cruel que cualquier app de citas.
Y con ese pensamiento, intentó concentrarse en el trabajo, mientras su corazón recordaba, con una sonrisa involuntaria, la última frase de Mateo… y lo mucho que odiaba que él tuviera razón.
Lo que no sabía era que, esa misma noche, la aplicación le jugaría la peor broma: su perfil recién actualizado había activado un match automático por pura cercanía, se volvió viral en horas… y allí estaba Mateo, tan inesperado como imposible de ignorar.
Al fin había llegado el viernes. Por primera vez en la semana, Valentina podía permitirse levantarse tarde. Los días anteriores, Mateo había permanecido sorprendentemente neutral; los mensajes se habían detenido. Sabía perfectamente quién tenía la culpa: Claudia, la oxigenada. Pero, ¿por qué se sorprendía? Ya sabía en dónde se metía cuando aceptó seguir con este juego.El sábado comenzó con un aire de rebeldía contenida. Valentina y Laura se dirigieron al salón de belleza; allí, Valentina se dejó aplicar la keratina sin demasiadas quejas, aunque cada vez que Laura la miraba con esa sonrisa triunfante, sentía que la estaba retando a ser “otra persona”. Pero no iba a ponérselo fácil a nadie; estaba decidida a mantener su espíritu “Mafalda” intacto.—Listo —dijo el estilista mientras retiraban el plástico del cabello de Valentina. Laura vigilaba el procedimiento sin perder la concentración, luego de un instante al ver el resultado final sonrió.— Ahora sí pareces alguien que sabe lo que
Valentina llegó a la oficina con una decisión clara: ser Mafalda con todo. El recuerdo del sueño de la noche anterior aún la acompañaba, ese abrazo velado en una taza de café que parecía susurrarle al oído que podía enfrentarse incluso a sus fantasmas.Apenas cruzó la puerta, ahí estaba él. Mateo, impecable, con esa sonrisa que parecía desafiar cualquier rutina. La saludó con un movimiento leve de la cabeza y, antes de que ella pudiera responder, lanzó su primera estocada del día:—Buenos días, Mafalda… ¿Durmió bien o soñó con espresso? —le susurró con una sonrisa cargada de picardía.Valentina arqueó una ceja y caminó hasta su escritorio con aire desafiante.—Soñé con algo mucho mejor… pero no te lo diré, Señor Espresso.Mateo se inclinó sobre su mesa y le dejó un vaso humeante, con la seguridad de quien entrega un secreto.—Entonces prueba este. Es mi café. Espresso doble con un toque de amaretto… fuerte, oscuro, imposible de olvidar.Valentina lo miró como si sospechara de una tram
Valentina se recostó en su sofá rosa y colocó a Chewbacrazy sobre su regazo. Tomó el vaso de café que Mateo le había dejado en la puerta… y su corazón empezó a dar brincos. Cerró los ojos y recordó esos labios perfectos, con un contorno delicado pero firme, que se curvaban en una sonrisa que podía derretir cualquier escudo. Y la manera en que caminaba por la oficina, con pasos seguros y elegantes, la espalda recta y el porte impecable, como si cada movimiento estuviera coreografiado para llamar la atención de todos, sin esfuerzo alguno.—Eres el vaso de café más hermoso que he visto, ¿lo sabías? —murmuró Valentina, hablándole al vaso como si fuera una persona.—Me estoy volviendo loca, Chewbacrazy —comenzó a reír, incapaz de contener su entusiasmo.Tras un rato, vació el vaso y le colocó la fecha y las circunstancias de cómo había llegado a sus manos. Ese sería el primer “trofeo” en su colección de detalles importantes.Se sorprendió al darse cuenta de las cadenas que había desatado a
Valentina estaba recostada en el sofá, acariciando a Chewbacrazy, cuando un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.—¿Quién será a estas horas? —murmuró, levantándose, mientras el gato se escondía bajo su brazo.Al abrir, se encontró con Laura, cargando una mochila y una muda de ropa:—¡Hola! —dijo con su sonrisa traviesa—. He decidido que voy a pasar la noche aquí. Así podremos ir juntas al trabajo… y, de paso, asegurarme de que no vuelvas a meter la pata con tu “match equivocado”.Valentina arqueó una ceja:—¿Tú… dormir aquí?—Sí —contestó Laura con un tono de firmeza adorable—. Y no me mires así, Valen. Me siento culpable por haberte convencido de descargar esa app. Además, prometí a tu madre que cuidaría de ti… a veces te falta un tornillo en la cabeza, y alguien tiene que estar ahí para recoger los pedazos.Valentina suspiró, medio divertida, medio resignada:—Bueno… pero no traigas desastres contigo.—Desastres incluidos —replicó Laura, entrando con la mochila com
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