El lunes avanzaba con su ritmo habitual de oficina, pero para Valentina cada segundo era un universo de nervios. Había entregado su primera jugada, y ahora le tocaba esperar la respuesta de Mateo, que aún no se dignaba a mandarle una señal.
—Idiota —murmuró Valentina, contemplando cómo él degustaba lentamente el café que ella le había preparado. Sonreía de vez en cuando, sin siquiera mirarla, y ni siquiera parecía notar el cambio de estilo que ella había adoptado ese lunes.
—No sé por qué tanto