El abrazo se prolongó unos segundos más de lo que cualquiera de los dos hubiera admitido en voz alta. Valentina aún tenía los ojos húmedos, aferrada a la chaqueta de Mateo como si soltarlo significara volver a hundirse en la tormenta.
—Gracias por venir… —susurró, con un hilo de voz que le temblaba.
Mateo esbozó una sonrisa ladeada, casi juguetona.
—No me agradezcas, Mafalda. Si no vengo yo, ¿quién más va a salvarte de cafés derramados y tacones rebeldes?
Ella soltó una carcajada nerviosa, limp