El silencio tras el tropiezo se volvió insoportable. Claudia los miraba con ojos afilados, como si el suelo se hubiera tragado a Valentina. Su bolso colgaba inerte de la muñeca, y aquella sonrisa perfecta, que siempre parecía inquebrantable, había desaparecido en un parpadeo.
—¿Todo bien? —preguntó Claudia, con una voz tan fría que un escalofrío recorrió a Valentina.
Mateo apartó lentamente las manos de la cintura de Valentina, como si acabara de tocar fuego. Ella, todavía atrapada por el tacón,