En su habitación, Valentina guardó el papel que Mateo había dejado en su parabrisas junto al dibujo de Chewbacrazy. Lo colocó en una pequeña caja donde ya reposaba, como un tesoro, el primer vaso de café que él le había obsequiado semanas atrás. Lo acarició con la yema de los dedos, sonriendo como una adolescente sorprendida por su propia ternura, y tomó su celular.
Escribió:
“¿Segundo reto?”
Esperó unos segundos, refrescó la pantalla y nada. Pasó una hora…. Nada. Al día siguiente… tampoco.
El