La mañana amaneció encapotada, con nubes bajas que parecían aplastar la ciudad. Valentina llegó a la oficina con el corazón aún agitado por el mensaje anónimo de la noche anterior. Cada paso se le hacía pesado, como si caminara sobre cristales.
“Una guerra…” había dicho en voz baja, y la frase aún le daba vueltas en la cabeza.
—¡Valen! —la sorprendió Pablo, asomándose por encima de los cubículos con una sonrisa nerviosa—. Justo a tiempo. Hoy luces… distinta.
Ella arqueó una ceja, sin fuerzas pa