La luna menguante se ocultaba entre las nubes densas, como si temiera mirar lo que estaba a punto de suceder. En el interior del bosque, el aire se sentĂa pesado, cargado de una energĂa desconocida que ni siquiera los ancianos sabĂan nombrar. Aidan lo percibiĂł primero: un murmullo grave que no era viento, ni ramas crujiendo, ni un animal acechando. Era... algo mĂĄs.
Eira, de pie junto a Ă©l, sintiĂł un escalofrĂo recorrerle la columna cuando tocĂł la tierra con la palma abierta. HabĂa hecho eso muc