La luna menguante se ocultaba entre las nubes densas, como si temiera mirar lo que estaba a punto de suceder. En el interior del bosque, el aire se sentĂa pesado, cargado de una energĂa desconocida que ni siquiera los ancianos sabĂan nombrar. Aidan lo percibiĂł primero: un murmullo grave que no era viento, ni ramas crujiendo, ni un animal acechando. Era... algo más.
Eira, de pie junto a Ă©l, sintiĂł un escalofrĂo recorrerle la columna cuando tocĂł la tierra con la palma abierta. HabĂa hecho eso muchas veces para reconectarse, para calmar el pulso del miedo. Pero esta vez, el suelo respondiĂł. VibrĂł. Le susurrĂł.
—¿Lo sientes? —preguntó ella, su voz apenas un aliento.
Aidan asintiĂł, la mandĂbula tensa. Iba armado, aunque sabĂa que las armas comunes no eran más que ornamentos ante lo desconocido.
HabĂan seguido a uno de los exploradores del consejo, que no regresĂł despuĂ©s de adentrarse en una zona prohibida del bosque. Los mapas antiguos la nombraban como “La hondonada sin nombre”, una grieta