La luz del amanecer se filtraba entre las ramas de los árboles, tiñendo la tierra con tonos dorados y suaves. Eira estaba sentada junto al lago, con los pies descalzos rozando la superficie del agua. El murmullo de las hojas y el canto de los pájaros creaban una calma engañosa, como si la tierra misma contuviera el aliento ante lo que estaba por venir.
A su lado, Aidan permanecía en silencio, observándola. Sus dedos rozaban los de ella apenas, una conexión sutil pero constante. No necesitaban p