La noche habĂa caĂdo como un manto espeso sobre la aldea, cubriĂ©ndolo todo con su silencioso susurro. Eira se encontraba sentada a la orilla del lago, los pies descalzos rozando el agua helada, como si asĂ pudiera enfriar el fuego que le ardĂa en el pecho desde que escuchĂł las Ășltimas palabras del Consejo.
No la culpaban, pero tampoco sabĂan cĂłmo manejar lo que ahora representaba. La maldiciĂłn no era sĂłlo un lastre para ella, sino un eco antiguo que vibraba con fuerzas mĂĄs allĂĄ de lo que todos