El silencio en la cabaña se había vuelto casi sagrado.
Aidan dormía en el sillón frente al fuego, la cabeza ladeada y el ceño fruncido incluso en sueños. Eira lo observaba desde la cocina improvisada, donde hervía unas hierbas para aliviar el dolor de cabeza que la perseguía desde hacía dos días. No era solo agotamiento físico; era otra cosa… algo más profundo, como una advertencia.
Desde que cruzaron palabras con el extraño lobo solitario, Faelan, los ánimos en la comunidad se habían tensado.